Querido superhéroe

Solía dar la vuelta a la almohada
todas las noches,
y me cubría con ella la cara
antes de coger el sueño.

Sinceramente,
tenia miedo.

Estaba segura
de que debajo de la cama
existía el temido monstruo
encargado de hacer flotar
a todos mis complejos.
Aquél loco protagonista
de mis pesadillas
y el resto de los sueños.

Hasta que un viernes cualquiera
se volvió especial
cuando abrí la puerta
y entraste tú.
Como un coche sin frenos,
como el viento que sopla
desde lejos,
tan fuerte,
que se lleva por delante
todo aquello que estorba
entre la nada y el todo.

Aceptaste
combatir con mis fantasmas
con tal de no dejarme caer
ni a mi,
ni a la cascada que a veces
me llueve en los ojos.
Y como el príncipe azul
que se deja la piel
por su amada princesa
conseguiste
hacer subir la marea
y llenar mi boca
de flores silvestres.

Cortaste las espinas
de las dolorosas rosas
situadas en el balcón
y las clavaste en el espejo
antes de darle la vuelta
para
acto seguido,
quitarme la ropa,
despertar mi anestesia
y desnudar sus efectos
para
justo después
descubrir
que el monstruo malvado
no está en mi cama
sino en mi pecho
y es quien hace
latir mi corazón
cada vez más lento.

Comprendí
desde entonces
que mi mayor enemigo
reside ahí dentro,
y que de mi depende
aprender a quererlo
para evitar
irme consumiendo
cuando tú no estás
para hacerle frente.

Será que es mi turno
de ser valiente
y convertirme
en mi otro tú,
querido superhéroe.


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