Dicho y hecho.

"¿Has venido a salvarme?
no me vas a poder olvidar,"
Tenía razón.
Misión imposible.

A pocos metros de mi,
cualquiera podía observar
el fuego de una mirada
en un intento de salvación
para no volverse ceniza
después del incendio.

Le vi la cara
y me rendí a sus pies.
No me lo pensé
y como si se tratara
de un par de nubes
acordando una tormenta,
le propuse un pacto:
"Vamos a ver llover desde dentro
para que arda Troya.
Así quemaremos Roma
y dejaremos paso al amoR."

      Dicho y hecho.

Me besó y me presentó
cada rincón de su espalda
con sus incontables lunares
-que para mí eran planetas
de una nueva galaxia-.
No pude evitar fijarme
en el vaivén de sus caderas
bailando al son de las olas,
pero aluciné justo después,
cuando me brindó el privilegio
de danzar junto a ellas
y así saciar mi sed
no solo con agua del mar.

Juro que recordarlo
ahora y siempre
me devuelve al paraíso,
allá donde conocí
las mejores vistas
y aprendí a dejar fluir
a la vida misma.

Fuimos volcán en erupción
en medio del desierto.
Fuimos dos rayos de luz
en plena noche de verano,
compartiendo caricias
tan dulces como la poesía
pero con esa pizca
de sabor a mar
-de agua salada,
de querer a rabiar-.


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